Sunday, July 01, 2007

Una historia de Brooklyn

Los Sures

por C. Bingley - Brooklyn, 1990

El barrio de Williamsburg está abandonado a su suerte por la policía que trata de lavar la cara en el prístino Manhattan, despreocupándose de las barriadas de emigrantes. El azote del "crack" es el pan de cada día y las balas perdidas, el de cada noche. Los Sures, así llaman los hispanos a esta zona decrépita de Brooklyn.


La desesperación de los adictos al "crack" es tan intensa que parecen dispuestos a lo que sea con tal de conseguir su dosis. Cada día las aceras amanecen pobladas de esas cápsulas vacías de todos los colores que semejan pastillas gigantes abiertas en dos.

Los ejemplares más tristes lo constituyen las prostitutas. Muchas viven en coches abandonados. Las que pasean por Los Sures en busca de una dosis o de un cliente -viene a ser lo mismo- han llegado al límite de sus fuerzas. Impresiona observar ese ejército de mujeres de mirada enloquecida que se bate en retirada hacia la muerte. Deambulan con las canillas torcidas por los altos tacones medio rotos con la misma dignidad que las ratas y comparten agujeros muy similares.

Sur Cinco, la calle donde vivo, linda con el puente Williamsburg, cuyos bajos constituyen un inmenso vertedero ilegal. El Ayuntamiento no recoge la basura ya que esa zona la pueblan edificios industriales que por ley deben contratar sus propios contenedores.

Está habitado por emigrantes dominicanos y puertorriqueños que andan a la greña todo el santo día. El espectáculo diario lo constituimos los sufridos residentes intentando deshacernos de nuestros desperdicios que inevitablemente terminan bajo los pilares del puente. Sofás, coches, electrodomésticos viejos y un mar de bolsas de basura agujereadas por las ratas, que se mueven a sus anchas en terreno tan propicio a su desarrollo.

El desmantelamiento de los coches robados o abandonados funciona como la ley de la jungla: la bestia más poderosa arrampla con las mejores piezas. La carne que desdeña es devorada por otros animales hasta que sólo resta el esqueleto a merced de los buitres. Lo mismo ocurre con los coches. Primero desaparece el motor. Después las ruedas y los asientos.. hasta que sólo queda la chapa que los vecinos aprovechan para colmar de basura.

La acera de Sur Cinco, que nadie limpia, se halla poblada por toda clase de residuos: cochecitos de niños, ruedas acuchilladas, cristales, televisores destrozados y otros objetos de menor tamaño pero más inquietantes: el tacón de un zapato, un espejo roto, la pierna de una muñeca… Todo ello conforma un paisaje apocalíptico al que no termino de adaptarme. Desolador paisaje el de Los Sures.

A veces llevo una navaja para infundirme seguridad. Sin embargo consigo el efecto contrario: el sólo hecho de cargarla en el bolso me aterra todavía más. Hasta hoy sólo la he sacado una vez. Ese día los dioses se confabularon para asustarme. Sin querer había sido testigo de un pase de "crack" que proporcionaba una vieja en bicicleta a un adolescente. La respetable edad de la señora me confundió. Sabía que para caminar por el barrio con seguridad había que aparentar tranquilidad y no llamar la atención. Ni ver ni ser visto. Esa tarde la anciana me espetó: "You got a problem, lady?".

No iba a ser el único incidente. Frente a la lavandería una pareja de treintañeros discutía a grito limpio, ajenos a la curiosidad que suscitaban entre los peatones. No había terminado de cruzar la calle para evitarlos cuando escuché el estallido de un cristal. La mujer acababa de romper la luna delantera de un coche con un bate de baseball que todavía sostenía entre las manos. El hombre intentó arrebatárselo , pero ella se las arregló para golpearle entre las piernas y escapar. "Te voy a matar, zorra" bramaba desesperado mientras corría tras ella.

Aún debía caminar dos manzanas más hasta Sur Cinco para después bajar a la derecha, hacia el río, donde la calle muere de manera brusca y en cuyo último tramo se encuentra mi casa. Aceleré el paso y llegué al cruce de Bedford.

Unos cuantos hombres guardaban las neveras destartaladas que venden en esa esquina. Enseguida reconocí en la oscuridad al dueño que supervisaba el trabajo. Un gordo sucio con eternas gafas oscuras. Le conocía porque un día traté de que repararan el mío. Me pidió 100 dólares por intentarlo mientras masticaba una salchicha. Junto al destartalado negocio hay un terreno vallado del que cuelgan, como garras de animales enjaulados, una colección de viejos capós de coches. Posiblemente se encuentren a la venta.

Quedaba poco más de una manzana hasta llegar a mi puerta cuando un Porsche giró bruscamente y se detuvo a tres metros de distancia de donde me encontraba, frente a una especie de cueva llena de basura que pudo haber sido garaje en tiempos mejores. Tres hombres bajaron del coche y al instante se percataron de mi presencia. Me eché a correr y no paré hasta llegar a casa. El corazón me latía con fuerza y trataba, sin éxito, de controlarme. Los nervios no me permitían encontrar las llaves. Había una puta frente a la puerta. Su cuerpo disminuido por la droga podría pertenecer a una niña de doce años, su rostro supermaquillado revelaba sin embargo una edad que tal vez no había alcanzado. La mujer estaba tratando de decirme algo pero no conseguía entenderla. Presa del pánico y, a falta de llaves, agarré la navaja y caminé hacia ella. Al reconocer mi arma arrojó al suelo el bolígrafo que intentaba devolverme y salió corriendo.


Basado en hechos reales.
Los lugares son ficticios y los nombres de las personas han sido cambiados para proteger a los inocentes

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1 Comments:

Anonymous Anonymous said...

He leido tu narracion
Tus ojos han sido mis ojos
Tu angustia la mia
Antes creia que el amor era la solucion a todo, ahora creo que el amor traducido en actos es la unica salida para poder ayudarnos unos a otros.
Gracias por escribir Monic

11:03 AM  

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