Friday, December 28, 2007

Crónica de New York

Siempre se ha dicho que la vida es una batalla, pero en esta ciudad se llevan la palma.

Parece que uno se levanta dando codazos.

Los asuntos aparentemente más sencillos se complican hasta la exasperación, pero aquí nadie se lo toma como algo personal.

Son las reglas del juego.

Cualquier transacción se convierte, por arte no de magia, sino de esta ciudad, en una demostración de poder donde las figuras del vencedor y el vencido quedan expuestas claramente.

La filosofía guerrera de esta ciudad se traslada también a las máquinas. La complicación alcanza entonces unos niveles de sofisticación insospechados.

El flamante nuevo edificio del New York Times es un buen ejemplo de ello.

Se encuentra situado en la Octava Avenida, entre las calles 40 y 41, muy cerca de la estación de autobuses.

A esta zona le llaman ahora el "Nuevo Times Square", eufemismo que refiere a la operación de limpieza llevada a cabo en este barrio, tradicionalmente dedicado al mercado del sexo en particular y al vicio en general.

CLICK or CLACK and WATCH the TVMuchos de esos locales tenían, alguno todavía existe, nombres españoles:


donde se reunía gente de la más diversa procedencia.


Los ascensores del Times se encuentran situados en un pasillo anterior a la mesa de seguridad.


Como ésta es la parada obligatoria, nadie se fija en tan importante detalle y el inocente visitante acaba, una vez libre de culpas y tras serle permitido el paso, más perdido que cuando entró.

Un único mando, situado en el pasillo de acceso, controla los seis ascensores.

Cuando presionas el número de planta se ilumina la letra del elevador que debes utilizar.


El vestíbulo ha sido decorado con pantallas de televisión acopladas a la pared que proyectan múltiples imágenes del enorme archivo que atesoran.

Se pueden perder unos minutos disfrutando de las fotografías digitales. Bob Kennedy, Jack Ruby, Maria Callas, George Bush, la catástrofe de Nueva Orleáns, la guerra de Irak… infinito el desfile de imágenes.

Superada la prueba del ascensor con algún contratiempo, el visitante accede a la amplia y luminosa cafetería, decorada con mesas redondas y sillas de Charles Eames.

Mientras disimula disfrutar de las excelentes vistas a Times Square que ofrecen las enormes cristaleras de la planta catorce, observa el comportamiento de los habituales para afrontar el reto del autoservicio con la mayor dignidad posible.

En primer lugar se debe coger un trozo de cartón y armarlo como caja. Eliges a continuación el tamaño adecuado de los contenedores transparentes donde depositas los alimentos. Las múltiples posibilidades gastronómicas han sido dispuestas en distintos lugares: centro de ensaladas, comida exótica. internacional, de dieta, caliente, fría, quesos, dulces y frutas.

Pagar tampoco es fácil.

No se permite abonar con dinero. Los empleados cargan en su tarjeta de crédito, especialmente expedida para este menester, los gastos ocasionados.

Otra señal inequívoca de la vida moderna en los países desarrollados.

El sufrido ciudadano carga con excesivas tarjetas de crédito, identificación o descuento.
Sin apenas darse cuenta, posee hasta diez tarjetas plastificadas que sirven para controlar sus movimientos cotidianos.

La tarjeta de transportes, la de la biblioteca, el gimnasio, las tarjetas de las grandes cadenas de droguerías, supermercados o confección que ahorran dinero con su uso… el caso es complicar nuestras vidas insignificantes.

En Times Square hay muchos policías. De sus enormes cintos cuelgan la porra, la pistola, el walkie talkie y otro tipo de irreconocibles instrumentos que no auguran nada bueno.

Estos días ha sido noticia el suicidio de Carol Ann Gotbaum, de 45 años.

La detuvieron en el aeropuerto de Phoenix porque se puso histérica al darse cuenta de que había perdido la conexión del vuelo a Nueva York.

Con problemas de alcoholismo y depresión, fue reducida por la policía y encerrada en la celda de seguridad del aeropuerto, donde se ahorcó con la colaboración de su pañuelo.

Un buen día para pasear por Nueva York. Los Yankees han ganado y la gente anda de buen humor. Un enorme cartel luminoso despide a la ciudad. Dice:

INVEST IN FACTS, NOT IN FEELINGS


V.F.C. - New York

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Tuesday, September 18, 2007

Un sitio distinto

Hace una semana que cayeron las Torres Gemelas.

El acceso al bajo Manhattan continua restringido y necesitas demostrar que vives en la zona para que te permitan el paso a pie.

Los escasos vecinos que permanecemos en nuestros hogares llamamos fronteras a esos controles policiales que nos rodean por todas partes.

Los comercios siguen cerrados y la mayoría de los edificios carecen de teléfono y electricidad.

Las familias y habituales del barrio han desaparecido pero el ajetreo es constante: ejército, policía, bomberos, trabajadores; cerca de 3.000 personas se desviven diariamente buscando restos humanos entre las toneladas de escombros que continúan ardiendo.


Para los que permanecemos allí las preocupaciones diarias son dos: el aire que respiramos y la comida. En el primer caso no hay mucho que hacer, simplemente reaccionar. Cuando el viento sopla por el oeste reducimos las salidas al mínimo indispensable y pasamos el día con las ventanas cerradas a cal y canto. El hedor a chamusquina humana y plástico quemado alcanza niveles insoportables.
a
Camiones de limpieza riegan todos los días calle por calle y sin embargo todos los días aparecen nuevos restos pulverizados por el suelo. Cuando el viento sopla por el este el humo se va hacia Brooklyn y aprovechamos para dar un paseo, aunque no hay mucho donde elegir. Los parques están cerrados, totalmente cubiertos por una nube de polvo o ceniza que abriga una amplia gama de residuos.

La falta de corriente eléctrica , y la suspensión del transporte dejó al barrio sin alimentos . La comida la regalaban en infinidad de puestos improvisados de la Cruz Roja o de restaurantes cercanos: sopa caliente, salchichas, hamburguesas, chocolatinas, bolsas de patatas de todas los sabores imaginables, botellines de agua... Faltaba leche y pan.

Los escasos civiles que permanecemos en los aledaños de la zona cero nos saludamos. Me animan para que visite las oficinas de la Cruz Roja:

-Con sólo dar mi dirección -me cuenta uno- me pagaron un mes de alquiler y me dieron 200 dólares para gastos en comida.

Me resistía a visitar dicha institución porque consideraba aberrante la idea de obtener beneficios personales de semejante tragedia. Sin embargo cambié de opinión cuando empezaron a repartir gratuitamente unos purificadores de aire con filtro HEPA. A las banderas americanas y fotografías de los desaparecidos que forraban paredes, farolas y árboles se sumaban ahora los cartelitos de la Cruz Roja.

A las 8:30 de una mañana llegué a sus oficinas. "Ayuda urgente en caso de catástrofe" rezaba el cartel. Una enfermera me salió al paso, para echarme. Ya estaban repartidos todos los números:

-Vuelva usted mañana.
-¿Me está usted diciendo que para conseguir un número tengo que llegar a las seis de la mañana?
-Cuanto antes, mejor.

Al día siguiente me levanté a las cinco de la mañana. Cuando salí estaba amaneciendo. Los puestos en la calle de café y donuts atendían a sus primeros clientes, casi todos policías.

Diviso la cola desde lejos. Todavía no han dado las cinco y media y ya encuentro bastantes personas, chinos y negros en su mayoría. Los afro-americanos no parecen de este barrio pero aquí están, riendo y moviéndose sin parar.

Detrás mío una mujer me pregunta si es esa la fila para la Cruz Roja. Exceptuando el detalle de la cola, parece muy informada.

Me explica toda la documentación que necesito para que me atiendan: tarjeta de la seguridad social, recibo de la luz con la dirección de mi casa, pasaporte y recibo de los gastos ocasionados desde el 11 de Septiembre. No he traído nada. Pensaba que la cola era simplemente para tomar el número. Empiezo a preocuparme y me acerco hasta la puerta del edificio para preguntar al portero:

-Todo lo que sé es que la la gente entra aquí y sale con un cubo.

Tras la enigmática respuesta decido volver a la cola. Hay mucha gente detrás mío, lo mejor es aguantar.

El tiempo pasa despacio. La colombiana entabla conversación con un blanco de mediana edad. Regentaba un restaurante junto a las torres gemelas. Empleaba a 35 personas:

-Hace una semana ganaba cerca de 3000 dólares semanales. Ahora tengo que afrontar los mismos gastos que antes, pero no genero ingreso alguno.

La colombiana es masajista y padece un problema similar. La mitad de sus clientes ha muerto y la otra mitad ha desaparecido.

A las 7:45 una enfermera con uniforme de la Cruz Roja comienza a repartir números. Me toca el 37. Las consultas se inician a las 8:30 y vuelvo a casa a por los papeles.

A las 8:20 nos pasan a una salita de espera repleta de chinos. Un hombre de color que habla su idioma entra con bebidas y chocolates. Sin embargo, la gran mayoría disfruta de sus propios alimentos. El olor a comida china a esas horas tan tempranas revuelve el estómago a cualquiera. No habían pasado ni cinco minutos cuando una cuadrilla de chicas jóvenes hace su aparición en la salita preguntando por personas que hablen inglés. Los chinos continúan comiendo tranquilamente y el resto entramos.
Nos conducen a una sala grande con diversas mesas rectangulares; a un lado están las voluntarias de la Cruz Roja y al otro las supuestas víctimas.

Me han asignado a una chica que debe tener unos 20 años. Lo primero que me dice es que llegó ayer de Oklahoma y que soy la primera persona que atiende. Se disculpa por anticipado ya que no tiene experiencia alguna y comienza a hacerme preguntas y rellenar papeles. Nombre, dirección, nacionalidad, número de pasaporte, número de seguridad social, número de personas que viven en la casa...

Contesto solícitamente y la voluntaria, tras rellenar los mismos datos en distintos impresos, me pregunta qué necesito.

-Mi hijo padece asma y me gustaría conseguir un purificador de aire.
-Para los asuntos relacionados con la salud tienes que hablar con otro departamento. Cuando terminemos aquí, te doy un papelito para que te reciba el médico.
¿Tuviste que abandonar tu casa?
-Sí. Estuve dos días en casa de unos amigos...
-Puedo ofrecerte 200 dólares por las molestias causadas por la evacuación forzosa y 70 dólares por persona en gastos de supermercado -excluyendo alcohol y tabaco-. Si estás de acuerdo mi supervisora tiene que firmar tu aplicación, y enseguida te traigo los cheques.

Contesté afirmativamente y se marchó a ver a su jefa. Tuve que esperar un buen rato porque había cola para la supervisora. En la mesa de al lado una mujer de color, de aquellas que formaban tanto barullo en la cola a esas intempestivas horas, discute con su voluntaria:

-He perdido mi trabajo, tiene usted que ayudarme...
-Necesito ver algún papel que demuestre que usted trabajaba en las Torres Gemelas.
-Guardaba toda la documentación en mi casillero del restaurante y se ha destruido todo, ¿recuerda? Es la razón de que usted y yo estemos aquí ahora mismo.
-¿Desde cuando se guarda importante documentación en un casillero? ¿No tiene usted absolutamente nada que demuestre lo que me dice?
-No, responde la mujer
-Lo siento pero tengo otras personas que atender. Levántese por favor.

Es tan grande que le cuesta trabajo enderezarse y apoya sus manos en la mesa para aliviar el esfuerzo. No cruzan una palabra más. La supuesta víctima masculla entre dientes mientras camina hacia la salida.

La voluntaria respira aliviada. Inmediatamente entabla conversación conmigo que continúo sentada esperando a la que me corresponde. Ella es más bien quien habla. Se llama Estela y viene de Santa Fe. Le pagan alojamiento y comida durante tres semanas y ha recibido un breve entrenamiento sobre como tratar a las personas en estado de shock. No conocía Nueva York. La unilateral conversación se ve interrumpida por la aparición de un hombre ataviado con bata blanca de médico. Estela desaparece en busca del siguiente cliente y el hombre se sienta a mi lado (demasiado cerca) y me dirige una molesta mirada compasiva. No soporto esos tipos babosos.

Se presenta como psicólogo voluntario de la Cruz Roja y quiere saber como viví aquel día fatídico. Mientras le relato mi experiencia -parecida a la de todos los que nos encontrábamos en los alrededores de las torres- me saltan unas cuantas lágrimas. No debo ser la única que reacciona de ese modo, ya que el psicólogo alberga infinidad de pañuelos de papel en los bolsillos de su bata.

-Ahora mismo vengo.

Regresó con un cubo. Contenía nimiedades de diversa índole: más pañuelos de papel, dos ositos de peluche, jabón de lavadora, chocolatinas y alguna cosa más que no recuerdo. Al parecer, pensaban que el regalo poseía una capacidad extraordinaria para mitigar las penas.
La voluntaria regresó al fin con dos cheques y me entregó el papel que necesitaba para acceder al médico. Tenía dinero, un estúpido cubo y unas ganas tremendas de salir de allí, pero me faltaban los purificadores de aire.


En el departamento de salud, hay mucha gente esperando a ser recibida. El lugar es pequeño e improvisado. Me encuentro a Laia, mi exuberante vecina. Tiene un bar restaurante muy conocido en el barrio, el Yaffa's, y tras el desastre instaló un tenderete donde ofrecía comida gratis a todo el que pasaba por allí. Laia, oriunda del Líbano, lleva siempre los vaqueros por debajo de una botas de piel de serpiente de tacón altísimo, y gasta sombrero de ala ancha. A pesar de que supera los 40, conserva un cuerpo envidiable. Los chinos no cesan de mirarla con evidente asombro.

-A mi no me han dado un cubo, me dice. Déjame ver que tiene...

Por lo visto hay que llorar para merecerlo, quise contestarla, pero callé. Se interesa por un osito rosa de peluche y se lo regalo. No parece creer tanta generosidad. Lo entiendo porque ella no invita nunca. Insisto y termina por aceptar.

Pasan dos horas más. Por fin me atienden. Según las dimensiones de tu casa te asignan uno o dos purificadores. Al día siguiente recibiría en mi casa dos de esos aparatos milagrosos.

C. B. - New York, 2001

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Sunday, July 01, 2007

Una historia de Brooklyn

Los Sures

por C. Bingley - Brooklyn, 1990

El barrio de Williamsburg está abandonado a su suerte por la policía que trata de lavar la cara en el prístino Manhattan, despreocupándose de las barriadas de emigrantes. El azote del "crack" es el pan de cada día y las balas perdidas, el de cada noche. Los Sures, así llaman los hispanos a esta zona decrépita de Brooklyn.


La desesperación de los adictos al "crack" es tan intensa que parecen dispuestos a lo que sea con tal de conseguir su dosis. Cada día las aceras amanecen pobladas de esas cápsulas vacías de todos los colores que semejan pastillas gigantes abiertas en dos.

Los ejemplares más tristes lo constituyen las prostitutas. Muchas viven en coches abandonados. Las que pasean por Los Sures en busca de una dosis o de un cliente -viene a ser lo mismo- han llegado al límite de sus fuerzas. Impresiona observar ese ejército de mujeres de mirada enloquecida que se bate en retirada hacia la muerte. Deambulan con las canillas torcidas por los altos tacones medio rotos con la misma dignidad que las ratas y comparten agujeros muy similares.

Sur Cinco, la calle donde vivo, linda con el puente Williamsburg, cuyos bajos constituyen un inmenso vertedero ilegal. El Ayuntamiento no recoge la basura ya que esa zona la pueblan edificios industriales que por ley deben contratar sus propios contenedores.

Está habitado por emigrantes dominicanos y puertorriqueños que andan a la greña todo el santo día. El espectáculo diario lo constituimos los sufridos residentes intentando deshacernos de nuestros desperdicios que inevitablemente terminan bajo los pilares del puente. Sofás, coches, electrodomésticos viejos y un mar de bolsas de basura agujereadas por las ratas, que se mueven a sus anchas en terreno tan propicio a su desarrollo.

El desmantelamiento de los coches robados o abandonados funciona como la ley de la jungla: la bestia más poderosa arrampla con las mejores piezas. La carne que desdeña es devorada por otros animales hasta que sólo resta el esqueleto a merced de los buitres. Lo mismo ocurre con los coches. Primero desaparece el motor. Después las ruedas y los asientos.. hasta que sólo queda la chapa que los vecinos aprovechan para colmar de basura.

La acera de Sur Cinco, que nadie limpia, se halla poblada por toda clase de residuos: cochecitos de niños, ruedas acuchilladas, cristales, televisores destrozados y otros objetos de menor tamaño pero más inquietantes: el tacón de un zapato, un espejo roto, la pierna de una muñeca… Todo ello conforma un paisaje apocalíptico al que no termino de adaptarme. Desolador paisaje el de Los Sures.

A veces llevo una navaja para infundirme seguridad. Sin embargo consigo el efecto contrario: el sólo hecho de cargarla en el bolso me aterra todavía más. Hasta hoy sólo la he sacado una vez. Ese día los dioses se confabularon para asustarme. Sin querer había sido testigo de un pase de "crack" que proporcionaba una vieja en bicicleta a un adolescente. La respetable edad de la señora me confundió. Sabía que para caminar por el barrio con seguridad había que aparentar tranquilidad y no llamar la atención. Ni ver ni ser visto. Esa tarde la anciana me espetó: "You got a problem, lady?".

No iba a ser el único incidente. Frente a la lavandería una pareja de treintañeros discutía a grito limpio, ajenos a la curiosidad que suscitaban entre los peatones. No había terminado de cruzar la calle para evitarlos cuando escuché el estallido de un cristal. La mujer acababa de romper la luna delantera de un coche con un bate de baseball que todavía sostenía entre las manos. El hombre intentó arrebatárselo , pero ella se las arregló para golpearle entre las piernas y escapar. "Te voy a matar, zorra" bramaba desesperado mientras corría tras ella.

Aún debía caminar dos manzanas más hasta Sur Cinco para después bajar a la derecha, hacia el río, donde la calle muere de manera brusca y en cuyo último tramo se encuentra mi casa. Aceleré el paso y llegué al cruce de Bedford.

Unos cuantos hombres guardaban las neveras destartaladas que venden en esa esquina. Enseguida reconocí en la oscuridad al dueño que supervisaba el trabajo. Un gordo sucio con eternas gafas oscuras. Le conocía porque un día traté de que repararan el mío. Me pidió 100 dólares por intentarlo mientras masticaba una salchicha. Junto al destartalado negocio hay un terreno vallado del que cuelgan, como garras de animales enjaulados, una colección de viejos capós de coches. Posiblemente se encuentren a la venta.

Quedaba poco más de una manzana hasta llegar a mi puerta cuando un Porsche giró bruscamente y se detuvo a tres metros de distancia de donde me encontraba, frente a una especie de cueva llena de basura que pudo haber sido garaje en tiempos mejores. Tres hombres bajaron del coche y al instante se percataron de mi presencia. Me eché a correr y no paré hasta llegar a casa. El corazón me latía con fuerza y trataba, sin éxito, de controlarme. Los nervios no me permitían encontrar las llaves. Había una puta frente a la puerta. Su cuerpo disminuido por la droga podría pertenecer a una niña de doce años, su rostro supermaquillado revelaba sin embargo una edad que tal vez no había alcanzado. La mujer estaba tratando de decirme algo pero no conseguía entenderla. Presa del pánico y, a falta de llaves, agarré la navaja y caminé hacia ella. Al reconocer mi arma arrojó al suelo el bolígrafo que intentaba devolverme y salió corriendo.


Basado en hechos reales.
Los lugares son ficticios y los nombres de las personas han sido cambiados para proteger a los inocentes

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Thursday, April 05, 2007

New York

En 1524 el florentino Giovani Verrazano atisbó la bahía de Nueva York cuando navegaba en busca de nuevas rutas que unieran Europa con Asia.

Procedentes de Holanda, los primeros colonos bautizaron el lugar como Nueva Amsterdam en 1613. 13 años después el gobernador compró la isla de Manhattan a los nativos por unos fragmentos de tela -marina, según algunos historiadores- y otras mercaderías con un valor de 24 $ de la época.

El Domingo 2 de Febrero de 1653 Nueva Amsterdam adquirió la categoría de ciudad.

Por seguridad, se construyó un muro como protección para posibles ataques indígenas en lo que se conoce como Wall Street.

En 1664, barcos ingleses tomaron la ciudad sin enfrentamiento, se hicieron con el control y la región fue renombrada con el nombre que hasta hoy perdura: Nueva York.

En Agosto de 1776 los británicos retomaron el control de la ciudad mediante el uso de la fuerza, y no lo devolvieron hasta el 5 de Diciembre de 1783, "Día de la Evacuación", largamente celebrado.

En 1811 se diseñó la característica configuración de la ciudad, una cuadrícula compuesta por 12 avenidas y 155 calles.

Mientras tanto, la ciudad crecía y crecía debido a grandes flujos de inmigrantes. En 1835 ya era la ciudad más grande del país.
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Five Points, una intersección formada por cinco esquinas en Manhattan, se convirtió hacia 1820 en el epicentro de un barrio caracterizado por la enfermedad, enormes tasas de mortalidad infantil, feroz desempleo, abominables crímenes y otros atroces azotes, pero también se convirtió en el almirez donde la mezcla de razas de una creciente e imparable inmigración forjó parte de la identidad americana.

En Julio de 1863, durante la Guerra Civil, y debido a cierta ley sobre reclutamiento, tuvieron lugar durante cuatro días tremendos motines populares en la ciudad, los llamados "Draft Riots", la peor revuelta civil en la historia estadounidense, que provocaron más de mil fallecimientos. Los altercados finalizaron con la llegada de tropas militares .

Tras la guerra New York se volvió el primer destino para millones de personas que buscaban una nueva y mejor vida. El fácil acceso de la ciudad a la navegación provocó un gran auge en el comercio, convirtiéndola en una importante ciudad portuaria, provocando grandes fortunas.

En 1898 la ciudad fue dividida en cinco comunas, llamadas boroughs. Manhattan se unió con Staten Island, Brooklyn, Queens y el Bronx, formando así el "Gran New York".

Los ciudadanos de cada borough se muestran muy orgullosos de sus territorios:

"Una vez me dijo Dalí que Port Lligat era el centro del mundo. ¡Vaya tontería! Todo el mundo sabe que el centro del mundo es Brooklyn." (Harvey Keitel)

La avalancha de inmigrantes no cesaba de aumentar. El centro de acogida de inmigrantes "Castle Garden" se quedaba pequeño para recibir los miles de recién llegados.

ARE LOOKING AT ME?Entre ellos había numerosos italianos, algunos de los cuales supieron prosperar, como los Bonanno, Colombo, Genovese, Gambino y Luchesse, conocidos como "Las Cinco Familias", las cuales son asociadas con el crimen organizado de la ciudad y de quien se dice gobierna las actividades de la llamada "Cosa Nostra" en todo el país.

En la primera midad del siglo XX, la ciudad se volvió un centro mundial para la industria, el comercio y las comunicaciones. En 1913 se abrió la estación de trenes más grande del mundo, la Grand Central Terminal.

A pesar del hundimiento de la bolsa el 29 de Octubre de 1929, el "Martes Negro", el desarrollo de la ciudad continuaba imparable.

El "skyline" de Nueva York cambió totalmente en los años 30 con la construcción de algunos de los rascacielos mas altos del mundo, como el Flatiron, en su momento el edificio más alto del mundo, luego superado por el Empire State.

Durante los turbulentos años 60 y 70 Nueva York sufrió varios choques raciales, al tiempo que la criminalidad aumentaba, dando a la ciudad una reputación de alta criminalidad.

En 1975 la ciudad se declaró en bancarrota.




New York City...
New York City...
New York City...
Que pasa, New York?
Que pasa, New York?

New York City - John Lennon



Los años 80 supusieron un renacimiento para Wall Street, volviendo la ciudad a ser el centro financiero del mundo. Poco a poco fueron disminuyendo las tasas de criminalidad, y el boom de las computadoras dio lugar a nuevas formas de negocio que continuaron alimentando la economía de la ciudad, aunque en la actualidad la ciudad acoge a unos 35.000 "sin techo".


But she just couldn't stay
She had to break away
Well New York City really has it all
Oh yeah, oh yeah

Sheena is a punk rocker - RAMONES



Cada Miércoles Bob Dylan ejerce en el programa de radio "Theme Time Radio", patrocinado por la emisora "XM-Radio", como disc-jockey. Seleccionando entre su amplia colección particular, ofrece una hora musical con un tema concreto como denominador común.

El cantautor y disc-jockey ha programado en la edición del Miércoles 3, la número 48, 13 temas, con sabrosos interludios sonoros, sobre "New York":

(Take The "A" Train - Duke Ellington)
Goin' To New York - Jimmy Reed
Take A Walk Down Funky Broadway - Dyke & The Blazers
(Statue of Liberty - Emma Lazarus)
Dirty Boulevard - Lou Reed
(Woody Allen)
New York's My Home - Ray Charles
New York Mambo - Johnny Colon
(Midnight Cowboy)
I Guess The Lord Must Be In New York City - Harry Nilsson
(Across 110th Street)
Across 110th Street – Bobby Womack
(Greenwich Village)
(Mafia boss)
(This is Manhattan)
(Vernon Duke - Autumn In New York)
(Saul Bellow)
(xxx - Things we love about New York)
(Soul brothers)
(Sugar Hill)

Let Me Off Uptown - Anita O'Day & Roy Eldridge
Down And Out In New York City - James Brown
(Moondog)
No Sleep 'Til Brooklyn - Beasty Boys
Broadway - Hank Ballard
(Film clip - Cary Grant)
Manhattan - Dinah Washington
(The Great Gatsby)



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