Wednesday, August 01, 2007

De lo que escribí y leí con gafas

DIARIOS
John Cheever

Emecé Editores, 2006


Durante más de treinta años John Cheever (Massachussets 1912-1982) mantuvo la disciplina de registrar en estos diarios sus conflictos y dolores varios con una franqueza pocas veces vista. Los seres humanos generalmente nos engañamos y creamos algo parecido a una coraza -o rosario de principios- que nos ayuda a sobrellevar la experiencia cotidiana. Cheever probablemente utilizaba estos escritos como terapia para mantenerse cuerdo, pero no importa.


La lectura nos revela a un hombre atormentado. Sus convicciones católicas y el amor que profesa a sus hijos en fricción constante con su alcoholismo y una sexualidad siempre ávida de nuevas experiencias. En algún momento reconoce que su agonía no se debe tanto a sus devaneos con los hombres sino a la lucha implacable que mantiene a lo largo de su vida contra ese tipo de sentimientos homosexuales.


Se equivoca el que concluya que estos diarios son las memorias de un maricón triste. Pocas veces me había enfrentado a una obra tan viril, potente y sincera. Su amor a la vida, a pesar de los pesares, se manifiesta en el constante ensalzamiento del presente. Se recrea el autor en registrar, entre otros asuntos, las nevadas, las actividades cotidianas, los colores del otoño, los cambios de luz y los viajes en tren, que terminó aborreciendo.


Los críticos han calificado a Cheever de cronista de la burguesía americana, pero esta apreciación reduccionista no toma en consideración sus extraordinarios aciertos como escritor que obviamente incluyen su inteligencia y su capacidad de análisis como hombre:


"Anotar lo que sé tanto como lo que espero saber. Describir mi sed de alcohol que comienza a las nueve de la mañana, y que a las once y media escapa a todo control. Describir la humillación de beber furtivamente y el sabor amargo de la ginebra; escribir sobre el peso del desaliento y la desesperación; escribir sobre los terrores sin nombre; escribir sobre los penosos ataques de la ansiedad infundada; escribir sobre el horror al fracaso. El esfuerzo por recuperar el aguzamiento de las sensaciones, la sensación de que se ha corrompido un margen de esperanza".


En otro pasaje compara la amargura con un helado y habla de los siete sabores del desaliento.


Los aciertos narrativos de la prosa de Cheever escapan a todo intento de cuantificación aunque, como él mismo afirma, se basan en potenciar las sensaciones. Los temas que aborda son repetitivos; su lucha contra el alcoholismo que le llevará a una cura de desintoxicación en un hospital, las turbulentas y generalmente amargas relaciones con su esposa, la sensación de soledad inmensa y el hambre insaciable de sexo y ternura. Habla también de sus hijos, a los que adora, pero comenta la tristeza que le produce el hecho de no poder entenderlos.


Su obra de ficción aparece casi siempre esbozada en estos diarios. Uno de sus cuentos más conocidos, El Nadador, llegó incluso a llevarse al cine. Protagonizada por Burt Lancaster y estrenada en 1966, aborda la historia de un hombre que decide llegar a nado a su casa a través de las diversas piscinas, privadas y públicas, que alberga el valle del río Hudson. El autor trabajó mucho para consolidar esta obra maestra, ciento cincuenta páginas de apuntes para quince páginas de historia inquietante, misteriosa y reveladora a la vez.


Con la vejez parece aceptar por fin su espíritu contradictorio; es la hora de la enfermedad y de la consabida guerra contra la muerte, que todos perdemos:


"No viviré para asistir a la boda de mi amado hijo en Febrero porque si muero brillaré más aún por mi ausencia. Esto es detestable, claro, pero a las once de la mañana no poseo la vitalidad suficiente para decirlo".


Párrafo rotundo y demoledor. Te descubres ante la intensidad de sus palabras y la profundidad de sus sentimientos.


Extraordinaria la calidad de la traducción a cargo de Daniel Zadunaisky así como las notas a pie de página de Rodrigo Fresán, amenas e interesantes. Los lectores quedamos eternamente agradecidos por su trabajo y entrega a una causa que no valoramos como se merece.


Estos diarios revisan toda una vida y logran un libro extenso e instructivo, muy recomendable para las tardes estivales.

V.F.C. - New York


De lo que escribí y leí con gafas

Diarios de motocicleta - Ernesto "Che" Guevara
The Glass Palace - Amitav Ghosh
Abril rojo - Santiago Roncagliolo
Memoria de mis putas tristes - Gabriel García Márquez
Snow - Orhan Pamuk
La fortaleza de la soledad - Jonathan Lethem
Oracle night - Paul Auster



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